Del pueblo, por el pueblo.

Leandro Vesco llegó a Carhué de visita hace unos cinco años, inventó una leyenda sobre una misteriosa vertiente de soda que produce amnesia y escribió una novela que protagonizan un puñado de personajes reales que se cruzó durante sus primeros paseos por el pueblo, respetando nombres, apellidos y oficios. La novela, de unas quinientas páginas, cuenta la historia de Carhué desde su fundación hasta la actualidad y las diferentes tramas tienen como eje la misteriosa fuente de soda del lago Epecuén, a la que ya habrían tenido acceso las huestes del cacique Juan Calfulcurá y que habrían sanado al general Levalle cuando agonizaba a las orillas de la laguna bonaerense. Pero donde la mayoría de los libros terminan, éste recién se despereza.

Con la trama concluida, Vesco cuelga algunos capítulos claves en Internet y a través de una página en Facebook deja que la segunda parte se vaya escribiendo sola. Varias personas que viven en Carhué y él no conocía (ni conoció personalmente hasta hace unos días) se convierten en personajes activos que aportan pistas, imágenes y más relatos sobre el misterio de la soda: Joaquín Seijas, carhuense afincado en Buenos Aires, nota que la novela exuda bondad y se candidatea como villano y gran maestre de la Orden (masona) de la soda; Araceli Fernández, una atractiva rubia de unos cincuenta años que se disfraza de monja y toca temas de Billy Joel al piano, comienza a revelar los diarios de su abuela ‘Sifona’ y se convierte en la antagonista de Seijas; David Schapschuk, un guitarrista de dieciocho que apenas habla y es hijo del dueño de una heladería del pueblo, crea la pegadiza banda sonora de la novela; Virginia Delrieux, escultora, fotógrafa y empleada de una casa de aeromodelismo, modela el escudo de la orden de la soda, crea un prototipo del Sifón de Oro y convence a amigas para que se dejen fotografiar, envueltas en sábanas, rondando el lago Epecuén.

En todo Carhué existen unas mil conexiones a Internet. En el Facebook de la novela (“Novela Carhué”) ya se han registrado más de mil doscientos usuarios. Allí fue que a Vesco se le ocurrió colgar los capítulos de su libro y hablar del secreto del General Levalle, de cómo descubrió la fuente de soda, la envasó en siete sifones de oro y ocultó uno debajo de la plaza del pueblo. Desde entonces, muchos carhuenses comenzaron a aportar ideas e involucrarse como personajes. También hubo quienes lo tomaron como pizarra digital donde colgar poemas, avisos y notas sobre el extravío de mascotas.

El día que Vesco regresa de visita al pueblo y contempla el alcance de su criatura incrédulo, han pasado unos ocho meses desde que invitó a un “grupo selecto” de quince carhuenses a visitar su página en Facebook. En su vuelta, se presenta en uno de los colegios del pueblo vestido de traje, en gomina y con los brazos en alto.

Leandro Vesco nació en Entre Ríos, trabaja en una inmobiliaria porteña, tiene dos hijos y hasta ahora es un novelista inédito. Durante años leyó sus textos (el manifiesto “Ortocentrismo”, su himno a artistas y músicos titulado “Quealpedoestamos”) en bares de Palermo. Su llegada casual a Carhué y su vieja pasión por la soda lo llevaron a escribir su primer novela, que gracias al fenómeno Facebook lo convirtió en el Sr. Novela o “Sodaman” a secas, como lo conocen en Carhué.

La gira de Vesco tiene una noche especial, el primer encuentro con varios de los personajes de su novela virtual. Araceli, que en Facebook aparece disfrazada de monja, se presenta como “Sor Ete” al llegar al lugar de encuentro. Ahí también está Gastón Portarrieu, el historiador del pueblo al que Vesco convirtió en una suerte de Indiana Jones de la frontera pampeana en su novela en papel. Portarrieu cuenta que mientras escribía la novela, Vesco le mandaba decenas de correos electrónicos para pedirle información histórica. “Me tenía podrido”, recuerda. Portarrieu también participó de la novela en Facebook pero últimamente ha tomado distancia para proteger su figura de guardián de la memoria carhuense. Le preocupa que la cercanía extrema con Vesco torne los desvaríos de la ficción en argumentos históricos. “Cada vez que participaba, Vesco decía: ‘ven, todo esto es verdad, si hasta lo dice el director del museo'”.

El pueblo atrajo a Vesco desde que llegó por primera vez, allá por 2004. Una de las cosas que más le gustan es que los chicos pueden jugar tranquilos. “Muchas veces pienso en venir acá y abrir un pequeño diario, pero creo que perdí toda mi credibilidad”, me dice. Lo curioso es que por Carhué, muchos juegan a creerle, a hacer un poco más verdad su mentira. Joaquín Seijas, el villano de la historia, lo asegura. “Yo armé un personaje que reafirma la verdad de una mentira. Al negarlo todo, el malo hace que todo sea más cierto”.

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